Cómo aprendí a amar mis boobs

Esta es la historia de cómo finalmente aprendí a aceptar y amar a mi cuerpo tal y cómo es

Cómo aprendí a amar mi cuerpo“Tú no vas a dar leche cuando seas mamá, vas a dar pena.”

Ese fue el comentario que me hizo el cirujano plástico amigo de la familia, muerto de risa cuando con toda la vergüenza del mundo me saqué la camisa y el brassiere frente a él. Estaba ahí con mi mamá, que tras mi insistencia finalmente me había llevado para consultar sobre un aumento de senos.

Él me explicó los diferentes tipos de implantes, los tamaños, las formas, el material, el procedimiento, y todos los otros detalles necesarios. Quería que reserve la cita ese mismo día para meterme al quirófano y darme esas curvas que la naturaleza no me dio. Esta operación era algo que yo pensaba en ese momento (a mis 20? 24? ya ni me acuerdo) que de verdad quería. Pero como suele suceder cuando me presionan a hacer algo, puse resistencia.

No reservé la cita ese mismo día, ni el siguiente. Lo dejé pasar y me fui olvidando del asunto, hasta que de pronto me di cuenta que ya no era algo que quería. Mi personalidad, mi estilo, mis ganas de encajar en el montón, mi filosofía de vida habían cambiado. Los chicos que me gustaban no eran el tipo de chicos que se sentirían atraídos por una chica con implantes. La imagen cool que trataba de proyectar no encajaba con la idea de alguien que hiciera algo así por verse “más atractiva”. Y me sentí muy agradecida de no haberlo hecho y de haber dejado mi cuerpo intacto.

Pero que hubiera dejado olvidado el sueño de las tetas doradas no quería decir que me sintiera feliz con las mías. No las detestaba pero tampoco las amaba. Ni chicha ni limonada. Me seguía mirando sin ropa en el espejo analizándolas a menudo, pensando en lo bien que me vería con un par distinto. (Esto no es nada nuevo. Es lamentablemente lo que la mayoría de mujeres hace cada día con todas las partes de sus cuerpos con las que no están 100% felices). No pensaba más en operarlas, pero seguía imaginando de vez en cuando lo diferente que me vería y sentiría si hubieran sido distintas. Mis pobres, fieles, maravillosas chichis. Cómo no las aprecié por tanto tiempo como se lo merecían!Ama tu cuerpo

Esto cambió hace casi exactamente un año. Como conté en otro post, y contaré más porque quiero celebrar todo lo que crecí y aprendí con esta experiencia, tuve una crisis surreal de salud hace un tiempo. Algo que no he contado aún es que el momento más bajo de todos fue cuando estaba en el cambiador del hospital, poniéndome la bata para que me hicieran un examen médico más. Había perdido 20 kilos (y los que me conocen, saben que no tengo 20 kilos para perder), y cuando me miré en el espejo me di cuenta que mis tetas habían desaparecido por completo. No quedaba ahí nada más que piel. Fue una imagen triste. La profecía del doctor se había hecho realidad: mis tetas daban pena, pero no a mis supuestos hijos, si no a mí. Sentí en ese momento que las había perdido.

Y como recién cuando perdemos algo solemos apreciar su verdadero valor, no tienen una idea cómo extrañé en ese momento a mis pequeñas compañeras, imperfectas tal vez para el estándar de belleza irreal que nos han metido en la cabeza, pero en el fondo, realmente, perfectas. Perfectas para mí. Mías. Sanas. Suaves. Seductoras a veces. Un poco tímidas y reservadas como yo. Tibias. Acolchadas. Con el potencial de nutrir a un ser. Cuando las perdí, las amé de verdad por primera vez.

Pero esta es una historia con final feliz. Porque como un amor que te deja y después vuelve con mayor fuerza, con mi sanación también volvieron los kilos que había perdido, y con ellos mis tetas. Y desde entonces, vivo un tórrido romance con ellas. Las quiero como son. Las mimo. Las miro y admiro. Las apachurro y les sonrío. Cuando empieza a colarse por ahí esa voz que las quiere criticar, soy rápida en mandarla a un rincón en la esquina, como un niño mal portado. Quien se meta o burle de ellas en el futuro, ya sea mi propia voz interior, o alguien como ese doctor aquella vez, se las verá conmigo. Mi cuerpo es sagrado, cada pedacito de él. Y ahora, gracias a esta locura de experiencia que me tocó vivir, lo he sabido finalmente amar tal y como es.

Hace tiempo quería escribir este post y lo dejaba pasar. Pero ayer una hermosa y valiente mujer que conozco le hizo un knock out al cáncer de mama, pero tuvo que dejar esta parte de su cuerpo en el camino, como un cambio de ropa para renacer. Su fortaleza y belleza me inspiró a escribir finalmente esto, y recordarles a todas que nuestros cuerpos son hermosos y tenemos que ABRIR LOS OJOS y dejar esta ceguera de auto crítica y de crítica unas a otras en la que vivimos. Tu cuerpo tiene magia. Disfrútalo, celébralo, ámalo, háblale bonito. No necesitas cambiar nada, lo que necesitas es apreciar lo que ya tienes. Eres perfecta tal y como eres. Y que nada ni nadie (sobre todo tú) te diga lo contrario.

SHARE / COMPARTIR:
Share on FacebookTweet about this on TwitterPin on Pinterest

Comments

  1. says

    I’m glad you have fallen in love with your boobs and ese doctor es un idiota. En realidad, es más fácil amamantar con tetas más pequeñas.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *